"Qué hecho tan portentoso para cavilar es que cada ser humano constituya un profundo secreto y misterio para los demás. Sobrecoge pensar, cuando se entra de noche en una ciudad grande, que cada una de las casas apelmazadas en la oscuridad guarde también su propio secreto, al igual que cada habitación, y que cada corazón que late en los cientos de pechos oculte, aunque sólo sea en algunas de sus imaginaciones, secretos a su vecino más cercano. Es algo pavoroso, que recuerda incluso a la muerte."
Charles Dickens, Historia de Dos Ciudades, pág. 82, cap 2.
Este párrafo de la obra de Dickens me ha hecho pensar sobre la confianza entre los seres humanos y ese tipo de cosas. En realidad, tanto la sociedad como las relaciones humanas no se basan sino en una cuestión de confianza, que evita que nos terminemos matando entre todos y cazándonos cual depredadores. Si te dejas llevar por la desconfianza, estás perdido...o salvado, quién sabe. En un mundo que funciona cada vez más movido por el interés propio, parece que la confianza queda a un lado cuando de sobrevivir se trata. Curiosa reacción de los seres humanos, ahora que vivimos en una sociedad en la que parecemos tenerlo todo, sin necesidad de vivir en tribus y cazar para evitar ser cazado.
Aunque quizás en esas tribus y en la necesidad de supervivencia, cuando la amenaza era más grande, resida la vitalidad de la confianza. Ahora no es imprescindible la ayuda de nadie para sobrevivir, lo tenemos todo. Solos podemos salir adelante. ¿Es ese el motivo de que la confianza parezca estar diluyéndose? Curioso caso para pensar.
Pero bueno, dejando paranoias a un lado, quiero creer (y creo), que la confianza sigue y seguirá existiendo mientras que el hombre siga siendo hombre. Para bien o para mal. Necesitamos la confianza para sobrevivir en un mundo incierto, necesitamos tener algo a lo que aferrarnos.
martes, 1 de febrero de 2011
jueves, 7 de octubre de 2010
El principio del fin
¡Qué malo es el estrés y quien lo inventó...! Son días duros estos en los que tienes que habituarte a una nueva realidad, a una nueva visión de las cosas. Nunca pensé que el momento del "fin" llegaría, pero aquí está. Este año termino la carrera (o eso espero), y tengo tanto estrés y tantas cosas que hacer que apenas me queda tiempo para pensar qué haré después de septiembre. El panorama pinta muy mal, no tiene ni punto de comparación con el escenario que existía cuando yo empecé la carrera, tan ilusionada...ahora las ilusiones se han esfumado y lo único que queda es incertidumbre y quizás, por qué negarlo, algo de miedo. Pero bueno, a pesar de la situación reinante y del generalizado desasosiego, sé que, de algún modo u otro, iremos saliendo todos adelante, algo encontraremos.
Y mientras tanto, mientras llega ese ansiado y a la vez temido momento, intento adaptarme al comienzo de este año que tantos cambios trae a mi vida. Noto una extraña sensación de vacío que me ronda, que se empeña en cernirse sobre mí para atacarme cuando llegue el momento oportuno. Estoy "hasta arriba", como dice la expresión coloquial...no tengo tiempo para respirar ni para sentarme en el sofá, todo lo que me espera son trabajos, prácticas, grabaciones, exposiciones...llevo apenas unas semanas y ya vivo entre ordenadores y números.
Y sí, para qué negarlo, este último año me está costando adaptarme más que cualquier otro. Estoy irascible y ando perdida. Es curioso, porque justo cuando más segura de todo debería de estar, es cuando más dudo. No pensé que enfrentarse a la última estocada iba a ser tan duro.
Como último ingrediente de la tarta, también siento una pena y una nostalgia muy grandes. Tengo que dejar aquello que, durante 5 años, ha sido mi segunda casa: el campus, mis compañeros, mi facultad...todo lo que ha sido media parte de mi mundo durante los últimos 5 años se esfuma. Y eso, quieras o no, da mucha pena. Al fin y al cabo, han sido los mejores 5 años de mi vida.
Pero como dice siempre todo el mundo, hay que quedarse con lo mejor del asunto. Y con ello me quedo. Además, ¡aún me queda un año! (intento patético de autoconvencerme de que no llegó el final)
"Ay cuerpo, cuerpecito mío, qué caña te he metido en estos años que llevo de camino perdido...y las palabras ahora te delatan, lo que llevas dentro, aunque vengan disfrazadas de lo contrario, ya no me puedes engañar. Así que me voy, porque total, tomar mi propia decisión es casi la única libertad real que me queda..."
[Bebe]
Y mientras tanto, mientras llega ese ansiado y a la vez temido momento, intento adaptarme al comienzo de este año que tantos cambios trae a mi vida. Noto una extraña sensación de vacío que me ronda, que se empeña en cernirse sobre mí para atacarme cuando llegue el momento oportuno. Estoy "hasta arriba", como dice la expresión coloquial...no tengo tiempo para respirar ni para sentarme en el sofá, todo lo que me espera son trabajos, prácticas, grabaciones, exposiciones...llevo apenas unas semanas y ya vivo entre ordenadores y números.
Y sí, para qué negarlo, este último año me está costando adaptarme más que cualquier otro. Estoy irascible y ando perdida. Es curioso, porque justo cuando más segura de todo debería de estar, es cuando más dudo. No pensé que enfrentarse a la última estocada iba a ser tan duro.
Como último ingrediente de la tarta, también siento una pena y una nostalgia muy grandes. Tengo que dejar aquello que, durante 5 años, ha sido mi segunda casa: el campus, mis compañeros, mi facultad...todo lo que ha sido media parte de mi mundo durante los últimos 5 años se esfuma. Y eso, quieras o no, da mucha pena. Al fin y al cabo, han sido los mejores 5 años de mi vida.
Pero como dice siempre todo el mundo, hay que quedarse con lo mejor del asunto. Y con ello me quedo. Además, ¡aún me queda un año! (intento patético de autoconvencerme de que no llegó el final)
"Ay cuerpo, cuerpecito mío, qué caña te he metido en estos años que llevo de camino perdido...y las palabras ahora te delatan, lo que llevas dentro, aunque vengan disfrazadas de lo contrario, ya no me puedes engañar. Así que me voy, porque total, tomar mi propia decisión es casi la única libertad real que me queda..."
[Bebe]
martes, 20 de julio de 2010
Pompas de Jabón
La infancia ya no es lo que era. No. Lo siento mucho, pero ya no lo es. ¿Que por qué digo esto? Pues por un motivo gracias al cual vosotros también lo veréis claro.
Hace tres días, estaba yo tan tranquila tomando algo en una terraza con un amigo, cuando vimos algo que nos dejó anonadados. Un niño de unos cinco años portaba una pistola de juguete entusiasmado. Disparaba a diestro y siniestro, especialmente a su hermana. Y con esto diréis, “muy bien, vale, ¿y?”, pues he aquí el quid de la cuestión: el niño no fingía disparar balas, no, ¡el niño disparaba pompas de jabón!
Y sé que ahora, seguramente, os estaréis preguntando dónde está lo raro de esa situación. Pues muy sencillo: antes, los niños soplábamos a través de un orificio para hacer pompas de jabón. Teníamos nuestro botecito lleno de agua con jabón, sacábamos la tapita, la cual tenía incorporado un palito que acababa en un aro hueco a través del cual había que soplar para hacer las pompas.
Ahora, los niños ya no soplan. Ahora, los niños tienen pistolas automáticas que hacen pompas por ellos. Y, a todo esto, mi amigo y yo nos preguntamos, “y eso, ¿qué finalidad tiene?”. ¿Realmente produce la misma satisfacción? Cada vez se hace menos esfuerzo. La tecnología ha acabado con todos los pequeños y placenteros esfuerzos.
Antes, yo me sentía realizada cuando conseguía hacer las pompas de jabón grandes y sin que estallasen. Ahora, los niños aprietan un botón y salen cientos de pompas perfectas, redonditas y brillantes.
Está claro, tendré que comprarme una pistolita para recuperar viejo tiempo perdido.
Hace tres días, estaba yo tan tranquila tomando algo en una terraza con un amigo, cuando vimos algo que nos dejó anonadados. Un niño de unos cinco años portaba una pistola de juguete entusiasmado. Disparaba a diestro y siniestro, especialmente a su hermana. Y con esto diréis, “muy bien, vale, ¿y?”, pues he aquí el quid de la cuestión: el niño no fingía disparar balas, no, ¡el niño disparaba pompas de jabón!
Y sé que ahora, seguramente, os estaréis preguntando dónde está lo raro de esa situación. Pues muy sencillo: antes, los niños soplábamos a través de un orificio para hacer pompas de jabón. Teníamos nuestro botecito lleno de agua con jabón, sacábamos la tapita, la cual tenía incorporado un palito que acababa en un aro hueco a través del cual había que soplar para hacer las pompas.
Ahora, los niños ya no soplan. Ahora, los niños tienen pistolas automáticas que hacen pompas por ellos. Y, a todo esto, mi amigo y yo nos preguntamos, “y eso, ¿qué finalidad tiene?”. ¿Realmente produce la misma satisfacción? Cada vez se hace menos esfuerzo. La tecnología ha acabado con todos los pequeños y placenteros esfuerzos.
Antes, yo me sentía realizada cuando conseguía hacer las pompas de jabón grandes y sin que estallasen. Ahora, los niños aprietan un botón y salen cientos de pompas perfectas, redonditas y brillantes.
Está claro, tendré que comprarme una pistolita para recuperar viejo tiempo perdido.
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